Las primeras sociedades masónicas se relacionan con los gremios dedicados a construir las grandes catedrales góticas europeas, cuyos talleres se conocían como «lógias». Esta masonería operativa comprendió del siglo XIII al XVI, cuando comenzaron a admitir miembros honoríficos desvinculados del gremio, llamados “masones aceptados”, que introdujeron los ideales de tolerancia y universalismo. Durante el siglo XVII las organizaciones adquirieron una vocación intelectual y espiritual, evolucionando hacia la masonería especulativa que conocemos hoy.
Esta etapa comenzó en 1717, cuando cuatro logias conformaron en Londres la primera Gran Logia, la única que podía autorizar la creación de otras nuevas. Su gran maestro recopiló documentos sobre la historia, reglas y usos de la antigua masonería para redactar las Constituciones de Anderson de 1732. En los años siguientes las logias se expandieron para combatir la ignorancia y el fanatismo religioso con la educación y la filantropía en una Europa que había sufrido las guerras de religión entre católicos y protestantes.
La masonería se desarrolló en el preludio de la Ilustración, mientras el empirismo, el racionalismo y el antropocentrismo empezaban a dominar la filosofía. Su objetivo en el siglo XVII era formar una sociedad de pensamiento que reuniese a hombres que respetaran la moral natural, creyeran en Dios y trabajaran juntos al margen de la religión y la política. Era necesario jurar ante el Gran Arquitecto del Universo, lo que implicaba creer en el Dios de la Biblia, pero había libertad para pertenecer a cualquier confesión cristiana. La masonería ofrecía un espacio a los pensadores ilustrados, como Montesquieu y Voltaire, donde vivir los ideales de libertad, igualdad y fraternidad, lejos de las supersticiones del Antiguo Régimen.

